Es costumbre extendida alabar a los muertos e incluso endiosarlos aunque no lo merezcan. Tal es el caso de Edward «Ted» Moore Kennedy, el último del famoso trío de hermanos dedicados a la
política. A diferencia de sus antecesores, éste ha fallecido de muerte natural; si es que es natural tener un cáncer en el cerebro.
En pleno trance de típica apoteosis americana, no podía faltar la glosa flamígera de Obama: «Ted Kennedy no tuvo una vida fácil. Perdió a sus hermanos, […] sobrevivió a un accidente aéreo e
incluso tuvo que ver cómo dos de sus hijos batallaban contra el cáncer. […] Fue el mejor legislador de todos los tiempos […] y defensor de los que no tienen a nadie. […] Luchó toda su vida por
los más débiles y nunca se posicionó al lado de los grupos de poder».
Desde luego, hay que tener mucho morro para decir ciertas cosas; aunque lo de Obama, por estar mixturado, más que de morro, es cuestión de palabrería grave y dura jeta.
Si los Kennedy han sido una gran familia, se debe al elevado número de sus integrantes. Por lo demás, nunca fueron un ejemplo a seguir. Aquí, en España, casi siempre han gozado de la simpatía de
la gente y, sobre todo, de buena reputación; quizá, por aquello de que se autocolocaban el marchamo de católicos. Pero, en líneas generales y por mucho que ahora se desgañite Barack Hussein Obama
en rimbombantes alabanzas, pretendiendo inflar las supuestas excelencias de Ted como senador ejemplar, la realidad es que el clan Kennedy tiene en su haber una trayectoria que invita a seguir a
rajatabla ese refrán tan español y verdadero que dice que «de la familia y el Sol, cuanto más lejos, mejor».
El culebrón arranca con Joseph Patrick Kennedy, que ya en sus años mozos se codeaba con la mafia, dedicándose al contrabando de
licor durante el periodo de la llamada «Ley Seca». Gracias a estos turbios e ilegales negocios, llegó a tener unos ingresos nada despreciable para la época.
Como nunca fue pillado con las manos en la masa, o en el alcohol, consiguió llegar a hacerse funcionario de la cosa pública, una manera muy peculiar que
tienen los americanos ricos de contribuir a la sociedad. Primero, trabajó en la Securities and Exchange Commission, una especie de lo que en España equivaldría a la Comisión Nacional
del Mercado de Valores, y que, textualmente, se ocupa de «proteger a los inversionistas y mantener la integridad de los mercados de valores». Por supuesto, allí delinquió mucho más que cuando
era contrabandista; sobre todo, a base de utilizar información privilegiada para especular en bolsa, lo que le hizo ser más millonario aún. De existir entonces leyes como las actuales, en vez
de dinero, habría obtenido una condena de 50 años de cárcel.
Pero el perspicaz Joseph P. Kennedy se dio cuenta enseguida de que tenía que «limpiar» tanto dinero. Para ello, vio que un excelente medio donde poder hacerlo
estaba en la política. Comenzó apoyando económicamente la campaña presidencial de Franklin Delano Roosvelt, lo que le valió ser nombrado por éste embajador en Londres. Allí, sus ambiciones para
llegar a la presidencia de los Estados Unidos se vieron frustradas como consecuencia de las diferencias que mantuvo con Roosvelt al respecto de la situación planteada en Europa al estallar la
Segunda Guerra Mundial, ya que Joseph Kennedy se manifestó abiertamente pro nazi.
Tras su fracaso personal, varió de rumbo y se fijó como meta conseguir que fuese Joseph Patrick Kennedy Jr., su hijo mayor, quien llegase a ser presidente de los Estados Unidos; un plan que
también se truncó al morir éste en 1944 pilotando un bombardero durante la guerra. No obstante, la pérdida de su primogénito no frenó ni un ápice su empeño, y fue entonces cuando escogió a
su segundo vástago, John Fitzgerald, para hacer de él todo un presidente. A partir de ese momento, padre e hijo estuvieron unidos en tal forma, que llegaron hasta el extremo de compartir varias
amantes, una característica casi genética de los «miembros» de esta familia.
Y así, Joseph sobornó repetidamente al editor de la revista «Time» a fin de conseguir que John saliera en varias portadas de la misma para darlo a conocer y
hacerlo famoso. Cada portada de su patológica obsesión presidencial le costaba al primer patriarca Kennedy la friolera de 100.000 dólares de los años 50. Luego, a base de más sobornos, también
consiguió que a John le dieran el Pulitzer por un libro que nunca escribió (pues un escritor «fantasma» lo hizo por él) acerca de una valerosa acción durante la Segunda Guerra Mundial;
heroicidad que luego resultaría ser falsa. No obstante, gracias a estos subterfugios y a sus contactos con la mafia, Joseph consiguió para su hijo John F. la presidencia de los Estados Unidos,
robándole de paso las elecciones a Richard Nixon en uno de los mayores pucherazos que recuerda la historia electoral norteamericana.
El 13 de septiembre de 1918, un año después que John, vino al mundo Rosemary, la primera de las niñas de Joseph Kennedy y Rose Fitzgerald, la cual nació con un leve retraso mental. Para tratar
de evitar el estigma, Joseph logró que, de forma ilegal y clandestina, le practicasen una lobotomía frontal a la edad de 23 años, intervención que, lejos de solucionar el problema, la
incapacitó de forma total y permanente. En estado vegetativo, pasó gran parte de su vida en un centro para personas discapacitadas, muriendo, a los 86 años, el 7 de enero de 2005.
Los tres hijos vivos varones de Joseph fueron otras tantas joyas. John Fitzgerald Kennedy era mujeriego, infiel –Marilyn Monroe sólo fue una de tantas–, promiscuo e irresponsable. Su
irrefrenable adicción lúbrica lo llevaba hasta el punto de hacerle desatender sus responsabilidades de presidente por estar revolcándose o por andar de orgía en orgía, ya fuese en la propia
Casa Blanca o en cualquier hotel de Washington. Metido en una de sus múltiples aventuras sexuales, no pudo estar presente cuando murió Patrick, el segundo de sus hijos varones, a las 48 horas
de su nacimiento.
Adicto también a los analgésicos, la única herencia presidencial que dejó JFK fue el problema cubano, una catastrófica situación que dura ya casi 50 años. El resultado de tales desatinos
hace que la opinión mayoritaria de los norteamericanos acerca de John Fitgerald Kennedy sea la de tener el pleno convencimiento de que ha sido el peor presidente del país en los cien años
que duró el siglo XX.
Robert Francis «Bob/Bobby» Kennedy, el séptimo de los hermanos, tercero de los varones y aspirante heredero a la presidencia, fue nombrado directamente ministro de Justicia por JFK al acceder
al poder. Cuando el intercambio de amantes con su hermano John se lo permitía, insistía tenaz y peligrosamente en el error de intentar borrar las huellas de los tratos de la familia Kennedy con
la otra gran familia, la mafia, fiel aliada en no pocas ocasiones, lo que, según confesiones coincidentes de algunos de sus miembros, animó a la organización a participar en el magnicidio de
Dallas.
Tan en serio se tomó Bob lo de ser el delfín de su hermano John, que hasta fue amante de su cuñada viuda Jackie hasta el momento en que Sirhan Bishara Sirhan, un palestino nacido en Jerusalén,
lo asesinara de varios disparos a quemarropa en el Hotel Ambassador de Los Ángeles, minutos después de ganar en 1968 las primarias del Estado de California.
El último de los Kennedy, Ted, víctima ahora a los 77 años de edad de ese tumor cerebral maligno, dedicó también toda su vida a la política; aunque, a pesar de ser candidato varias
veces, nunca pudo llegar a ocupar el despacho oval de la Casa Blanca, ya que su carrera presidencial se truncó prontamente al verse involucrado en la dramática muerte de Mary Jo Kopechne,
secretaria y antigua asesora en la campaña de su hermano Robert, con la que Ted compartía algo más que teléfonos en una agenda y anotaciones en una libreta.
Cuando solos y borrachos los dos regresaban por la noche de una fiesta, el coche conducido por Ted chocó y cayó a un canal de Chappaquiddick Island, en el Estado de Massachusetts. Más
preocupado por su carrera política que por su acompañante, Edward Kennedy salió corriendo de allí sin siquiera intentar rescatar a Mary Jo, la cual, atrapada en el interior del coche entre
la corriente de agua y una pequeña bolsa de aire que quedó en el techo, murió ahogada tras una larga y espantosa agonía, tal y como reveló la autopsia.
En estos días, Edward Moore Kennedy, el último de la saga y postrer patriarca, ha sido elogiado hasta la náusea. Y es que los muertos suelen ser siempre laureados a modo de héroes, aunque sean
unos villanos; y más aún si se los tiene por progresistas. Dicen que Ted Kennedy lo era, y mucho; aunque confundir culo con témporas suele ser un error más común de lo que pueda imaginarse.
Durante décadas, Edward Kennedy ha permanecido anclado en el Senado de los Estados Unidos proponiendo incongruencias y disparates y ofendiendo al sentido común, pues lo mismo defendía a capa y
espada el respeto a la vida de los enfermos terminales y de los no nacidos, que pasaba a ser un fanático paladín a ultranza del aborto y la eutanasia.
En la siniestra historia de este personaje, un progresista de salón y un cacique multimillonario volcado –siempre con el
dinero ajeno del contribuyente– en un supuesto amor infinito hacia los pobres, cabe destacar su condición de traidor, consumada en un ofrecimiento de colaboración con la antigua Unión
Soviética para desbaratar la batalla anticomunista del presidente Reagan.
En el libro «El presidente, el Papa y la primera ministra», que trata de cómo el triángulo formado por Ronald Reagan, Juan Pablo II y Margaret Tatcher cercenó de raíz el comunismo y echó
abajo de la noche a la mañana el Muro de Berlín, John O’Sullivan documenta exhaustivamente el intento de confabulación de Ted Kennedy con Mijail Gorbachov y Yuri Andrópov para
arremeter contra la política de Ronald Reagan.
Muestra y demuestra O’Sullivan cómo Kennedy, en 1983, se arrastró ante las autoridades de la URSS a fin de conseguir una reunión con el presidente Gorbachov
y con Andrópov, uno de los máximos dirigentes soviéticos y ex director del KGB. El senador propuso también organizar en distintas emisoras de la televisión americana una serie de
entrevistas a Andrópov y a otros altos cargos de la política soviética para que de esa manera tuvieran «la posibilidad de dirigirse directamente al pueblo americano con su propia
explicación de las iniciativas soviéticas a favor la paz».
Aunque Edward Kennedy sostenía que el único objetivo de sus tejemanejes era conseguir la paz mundial, los soviéticos recelaron siempre de motivos tan
loables. En realidad, concluyeron lo que a todas luces era más que evidente, palpable y cierto. No se equivocaron. Ted Kennedy, única y exclusivamente, pretendía que estos contactos
contribuyesen a elevar su prestigio ante los ciudadanos y que, por ende, le sirvieran para triunfar en su personal y a la vez ancestral empeño de alcanzar la presidencia de los Estados Unidos
en las elecciones de 1988.
En febrero de 1986, después de una cumbre de desarme en Ginebra entre Gorbachov y Reagan, Ted Kennedy visitó Moscú y fue recibido por el propio Gorbachov. Según las
transcripciones existentes en los archivos soviéticos, Kennedy manifestó abiertamente que era importante mantener una presión creciente sobre la administración Reagan desde diferentes
flancos, tanto en el extranjero como dentro del país. Durante la conversación, y según consta en las actas de la reunión, Gorbachov le formula a Kennedy una pregunta directa: «¿Piensa
usted que fue un error ir a Ginebra?». Y el senador le responde sin vacilar ni un ápice: «No, no lo fue; pero deberían ustedes mantener la presión, mostrarse más firmes».
Como anécdota, y haciendo notar la similitud de la frase, cual si los políticos fuesen diseñados como replicantes para un determinado fin, cabe mencionar que el 13 de febrero de 2008, rozando
unas elecciones generales que habrían de celebrarse el 9 de marzo, y desconociendo que el micrófono permanecía aún abierto al final de una entrevista televisada por Cuatro, José Luis
Rodríguez Zapatero le manifestó al periodista Iñaki Gabilondo lo siguiente: «[…] lo que pasa es que nos conviene que haya tensión».
En el libro de O’Sullivan, cuenta Vadim Valentinovich Zagladin, asesor de Gorbachov y alto funcionario soviético que habló con Kennedy y que realizó la mencionada transcripción, cómo el
senador americano concluyó la conversación proporcionando a Gorbachov algunos consejos prácticos acerca de cómo poder superar la habilidad de Reagan en futuras negociaciones bilaterales.
Si de Kennedy II el Progre hubiese dependido, es probable que la URSS se mantuviera aún en pie, que siguiera existiendo el KGB, que permaneciesen abiertos los campos de trabajo de
Siberia y que perdurase la ocupación militar y política en Polonia, Hungría, Letonia, Ucrania…
Bobby empezó su carrera en el Senado como asesor jurídico del subcomité presidido por McCarthy para el desenmascaramiento de agentes comunistas en Estados Unidos. En cambio, Ted es
considerado históricamente por muchos como un auténtico traidor, un representante perfecto de la izquierda.
Qué duda cabe de que, en una carrera política tan amplia, Edward «Ted» Moore Kennedy Fitzgerald realizó cosas encomiables. Pero su balance como persona y como político es absolutamente
nefasto y negativo, el polo opuesto de lo que debe ser un paradigma.
Los americanos se libraron en varias ocasiones de tenerlo como presidente. Ahora, descansa en paz. Ellos, también.
Jack the Ripper